La enfermedad no solo desafía al cuerpo; pone a prueba la mente. Para mí, este proceso fue una revolución tanto física como psicológica. Pero, sobre todo, me cambió mentalmente. Porque incluso antes de enfermarme, ya no estaba bien.
Mi mente estaba en pánico constante. Me despertaba temblando cada noche. No encontraba alegría en nada. Siempre había un vacío, una oscuridad dentro de mí. Sí, como mencioné antes: tengo trastorno Bipolar 1. Y aunque estaba suprimiendo la manía con medicación, la tristeza dentro de mí crecía cada día.
En realidad, tenía todo. Un buen trabajo, una casa, una pareja que me quería, familia, amigos, mis gatos... Pero odiaba mi vida. Me odiaba a mí misma.
Y entonces... todo cambió de golpe. Me enfermé. Pasé por una neurotoxicidad grave. No podía hablar, ni caminar, ni siquiera sentir mis extremidades. Al principio, ni entendía lo que estaba pasando.
Pero luego ocurrió algo... Surgió una nueva «yo». Fue como si mi versión anterior se hubiera apagado con un interruptor y se hubiera instalado un software completamente nuevo. Cuando recuperé la consciencia en el hospital, estaba riendo... Sí, riendo. No sé por qué. Tal vez porque seguía viva, o tal vez porque por primera vez me sentía verdaderamente viva.
Pero esas risas no duraron mucho. Porque me di cuenta de que mi cuerpo me había traicionado. Mi movilidad se había ido. Solo temblaba. Eso me sacudió profundamente. Me traumatizó.
Pero fue exactamente en ese momento cuando descubrí cómo podía conservar la cordura: enfrentando la verdad. Siendo honesta conmigo misma. Y, lo más importante: aprendiendo a dejar de preguntar «¿Por qué a mí?» y empezar a preguntar «¿Y ahora qué?».
Reconstruir mi mente: un despertar estoico
El primer año de mi enfermedad... Fue una época en la que me había perdido a mí misma. Estaba enojada. Sin esperanza. Repetía sin parar: «¿Por qué a mí?». Me sentía atrapada en el trauma, indefensa e impotente.
Nunca estuve estable durante ese tiempo. Todo se sentía borroso. No tenía expectativas de la vida. Era como si la luz dentro de mí se hubiera apagado.
Y un día... tomé un libro. Luego otro. Descubrí la psicología positiva. Aprendí sobre la resiliencia psicológica. Y, sobre todo, la filosofía estoica me sacudió.
Esa filosofía abordaba el dolor desde una perspectiva completamente distinta. Por ejemplo, Marco Aurelio decía: «El arte de vivir se parece más a la lucha que a la danza». Porque la vida no es una coreografía elegante; es el arte de resistir, de caer y volver a levantarse.
Marco luchó toda su vida. La fortuna nunca lo favoreció; su cuerpo era débil y los problemas lo rodeaban constantemente. Y aun así, a pesar de todo, logró sostenerse a sí mismo y al imperio.
Por eso lo admiraba tanto. Porque cuando no podía caminar, hablar, ni siquiera tragar... intentaba pensar como una estoica.
Los estoicos dicen: «Deberías ensayar mentalmente la pérdida de capacidades como hablar, oír, caminar, respirar y tragar». Porque este tipo de preparación mental vuelve inquebrantable al alma.
Por primera vez, empecé a transformar mi rabia con estas citas. Y las palabras de Séneca me cayeron como un rayo: «Una persona es miserable solo porque se ha convencido de que lo es».
¿Estaba realmente tan quebrada, o simplemente había creído que lo estaba?
Séneca también decía: «Lo que llamamos adversidades no son más que entrenamiento... Lo que aterra y quiebra a otros puede ser una bendición para quien lo vive».
Y yo estaba en ese entrenamiento. Sí, fue difícil. Pero también transformador. Me estaba moldeando como una sesión de entrenamiento, reconstruyendo mi alma.
Así empezó... la sanación mental. Y créeme, a veces la mente sana antes que el cuerpo... Y entonces todo cambia.
Enfrentar la verdad: el segundo trauma
Durante todo ese primer año, no entendía del todo lo que me estaba pasando. Todo era incierto. Sin nombre. Pero cuando finalmente recibí el diagnóstico después de un año... me golpeó como un nuevo trauma.
Porque ahora lo sabía: mi cerebro estaba dañado. Físicamente. Y las consecuencias no eran solo a corto plazo: también afectarían mi futuro. La recuperación... podría tomar años. Algo dentro de mí se rompió. Me dolió el corazón de verdad.
Pero lo peor fue otra cosa: mientras todavía estaba en el hospital, nadie sabía qué me pasaba. Me enviaban una y otra vez a psiquiatría. Porque no encontraban nada físico. Mi incapacidad de caminar, de hablar, de dejar de temblar... Para ellos, todo era psicológico. Me preguntaban sin parar: «¿Por qué te haces esto a ti misma?».
Al final, esa pregunta se grabó en mi mente. Empecé a preguntarme: «¿De verdad me hice esto a mí misma?», «¿Era esto una forma de escape?», «¿Estaba inconscientemente tratando de huir de la vida que no podía soportar?».
Esos pensamientos me consumían. Lloraba hasta quedarme dormida noche tras noche. Pensaba en el vacío en el que había vivido antes. ¿Mi cerebro estaba intentando protegerme? Tal vez me había frenado a propósito. Me había detenido en seco. Tal vez estaba gritando: «Algo tiene que cambiar». Y sí, cambió.
Descubrir la verdad y empezar de nuevo
Y un día... conocí a una psiquiatra. Ella era distinta. Me dijo que lo que estaba viviendo no podía ser solo psicológico. Y eso cambió todo.
Me internaron en el hospital otra vez. Ahí fue cuando finalmente supe la verdad: tenía ataxia. Había atrofia en mi cerebelo.
Cuando lo escuché... algo dentro de mí se hizo pedazos. Pero al mismo tiempo, lo sabía: algo tenía que cambiar.
Mi doctora me prescribió una dosis baja de antidepresivos. Siempre había tenido miedo a la medicación. Pero en ese momento... no tenía nada a lo que aferrarme. Me sentía profundamente sola. Solo mi prometido y mi madre estaban ahí para mí. Esa medicación me dio un pequeño respiro.
Empecé a sentirme un poco mejor. Hacía mis ejercicios con más motivación. Cada pequeño progreso me emocionaba, me inspiraba. Me decía: «Voy a lograrlo. Voy a mejorar».
Me volví terca. Y siempre he sido una persona terca. Cuando me propongo algo, lo hago. Por primera vez, ese rasgo jugó a mi favor.
Para 2024, ya era emocionalmente más estable. Me dediqué por completo a mi recuperación.
Por supuesto, todavía había oleadas emocionales. Mirar fotos viejas... Ver videos antiguos, escuchar mi voz de antes... Antes me hacía llorar. Sentía que estaba viendo la vida de otra persona.
Pero con el tiempo... me adapté. Me dije: «Puedo volver a ser así. Tal vez incluso mejor».
Ahora, cuando miro esas fotos, ya no lloro. Sonrío. Porque me recuerdan: sí, estuve en un lugar oscuro... pero renací. Y creo que seré aún mejor.
Alimentar mi mente: sabiduría, consciencia e imaginación
Entonces, ¿cómo atravesé toda esa oscuridad? ¿Qué ayudó más a mi salud mental?
Primero: los libros. De verdad me devolvieron a la vida.
Leí cientos de páginas sobre filosofía estoica, psicología positiva, budismo y sanación. Algunos de los que más me impactaron fueron: «El arte de la buena vida», los libros de Martin Seligman, «Brain Rescue» del Dr. Brody, «Limitless» de Brisa Alfaro, los libros sobre trauma de Peter Levine, «Otra vuelta en el carrusel» de Tiziano Terzani, «Sé amable contigo mismo» de Kristin Neff... y muchos más.

Cada uno tocó una parte distinta de mí. Pero una de las cosas más transformadoras fue descubrir el Mindfulness.
Aprender a estar presente, a valorar el momento, devolvió la alegría a mi vida.
Completé 16 semanas de formación basada en Mindfulness. Cada día practicaba al menos 10 minutos de meditación. Empecé con meditaciones de escaneo corporal. Incluso en los peores días, me concentraba en mi respiración. Y me di cuenta: todavía había alguien viva dentro de mí. Alguien que quería sanar.
Más tarde descubrí otro método: la visualización. Cada noche, durante al menos 10 minutos, con frecuencias Gamma o Theta de fondo, me imaginaba caminando, hablando, moviéndome con libertad.
Dibujé un cuerpo nuevo con mi mente. Y día a día, me estoy convirtiendo en la persona que visualizo. Porque llevo 5 meses haciendo esto, y puedo sentir el cambio en mi cuerpo y en mi alma.
Y lo más importante... aprendí a amarme. Tal vez ese fue el mayor avance de este viaje.
El apoyo y el viaje interior: donde comienza la verdadera transformación
Por supuesto... nunca podría pasar por alto el apoyo que me rodeaba. Mi prometido y mi madre estuvieron ahí en todo momento. Me animaron, me levantaron, creyeron en mí. A veces, cuando no me quedaban fuerzas, ellos me daban las suyas.
Pero al final del día, cuando tu cabeza toca la almohada, estás sola con tus pensamientos.
«¿Qué voy a hacer?», «¿Qué quiero?», «¿Por qué estoy aquí?», «¿Por qué me pasó esto a mí?».
Para enfrentar estas preguntas, hay que mirar hacia dentro. Porque el amor externo es esencial, pero también lo es la claridad interior.
Por eso leí tanto. Por eso medité. Por eso volví a mí misma.
Con el tiempo, aprendí otras técnicas. Una fue un ejercicio de niña interior inspirado en EMDR. Cuando me siento mal, cierro los ojos y me imagino a mí misma con 3 o 4 años. Está llorando. Como si cargara toda mi tristeza. Me acerco a ella. La abrazo. Y en la vida real, me abrazo a mí misma. Me doy suaves golpecitos en los hombros. Me calma.
Esto lo aprendí de mi nueva psiquiatra. Pero no me detuve ahí. Exploré la filosofía y el enfoque psicoanalítico de Carl Jung. Empecé a analizar mis sueños. Me preguntaba qué intentaba decirme mi subconsciente.
Cuando no puedo resolver un problema, cierro los ojos y medito. Pido: «Muéstrame la razón detrás de esto», «Muéstrame la respuesta». La primera imagen que aparece: esa es la respuesta.
Funciona. Al menos para mí, funciona.
Me permite comunicarme con mi subconsciente. Y eso es crucial. Porque el subconsciente carga con el peso real. Nuestra mente consciente se alimenta de él. Cuanto más entendemos y purificamos el subconsciente, mejor nos volvemos.
Ahora puedo conectar con el mío. Sigo al principio de este camino, pero me siento más fuerte y más tranquila.
El poder del movimiento y la paz interior
Por supuesto... todavía tengo días bajos. A veces es hormonal, a veces es el clima, y a veces... no hay ninguna razón.
Pero ahora sé qué ayuda: el movimiento.
El ejercicio.
Camino en la cinta. Me muevo hasta cansarme. Y ese cansancio se lleva el estrés, la tristeza, la tensión.
De verdad es la clave de la sanación.
Antes nunca me movía. Quizá algo de pilates. Quizá algunas caminatas. Pasaba mis días sentada.
Ahora miro atrás y me pregunto: «¿Cómo podía ser feliz así?».
Ahora soy distinta. Hago ejercicio todos los días. Mi cuerpo se mueve, mi mente se relaja. Me despierto sonriendo. Me siento motivada.
Quiero sanar. Quiero lograrlo.
Y sobre todo: siento paz por dentro.
Sí, perdí mi salud física por un tiempo. Pero a cambio, gané claridad mental.
Veo la vida desde otra lente. Soy más organizada. Más consciente. Antes nunca me reía. Ahora me río libremente.
Y a veces, cuando miro lo que este viaje me ha dado... no siento tristeza.
Porque este viaje me cambió. Me hizo mejor persona. Más compasiva. Más consciente. Más fuerte.
Así que estoy agradecida. Porque las cosas podrían haber sido peores. Y sigo aquí. Puedo caminar. Puedo sentir. Puedo sonreír.
Y por eso, estoy profundamente agradecida.

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