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El camino del lithium · Paso 1 de 3Ver la ruta →

Salud mental, trastorno bipolar y yo: no solo sobrevivir, vivir

Una historia cruda y honesta sobre vivir con trastorno bipolar —atravesar la ansiedad, la manía y la depresión— y aprender lo que es la verdadera sanación y la paz interior.

“Esta enfermedad me quitó capacidades físicas. Pero aprendí a ser humana y a ser feliz.”

Introducción: esto es algo de lo que tenemos que hablar

Hoy quiero hablar del trastorno bipolar y de la salud mental.
Porque esto no se trata solo de un “diagnóstico”: se trata de conciencia, de transformación y de aceptarse a uno mismo.
Yo lo he vivido. Y todavía lo estoy viviendo.
Y ahora estoy lista para compartirlo.


Infancia: el miedo detrás del éxito

De niña era obstinada, irritable, de humor cambiante, pero también aplicada y exitosa. Por fuera parecía una infancia normal. Pero siempre estaba ansiosa. Tenía especialmente miedo de enfermarme.

Una vez tomé café por primera vez. Me irritó el estómago (aunque entonces no lo sabía) y entré en pánico, pensando que algo le pasaba a mi corazón.
A veces me despertaba en medio de la noche con dolor de estómago, convencida de que algo terrible estaba ocurriendo. Pero nadie intentaba consolarme: solo se enojaban.
“¿Por qué eres así?”, me preguntaban.


Adolescencia: llorar en silencio

El pánico continuó durante la adolescencia.
Me volví extremadamente retraída y antisocial. Me encerraba en mi cuarto y lloraba escuchando música.
Pero nunca dejé de esforzarme. Seguía sacando las mejores notas.

Sentía que si no lograba algo, nadie me vería.
Como si el éxito fuera la única forma de demostrar que existía.


Universidad: una ciudad nueva, los mismos patrones

Elegí estudiar filosofía; no es precisamente sorprendente. Una ciudad nueva y gente nueva me ayudaron a abrirme un poco. Hice amistades. Por un tiempo, la vida parecía estar bien.

Pero el pánico nunca se fue.
Cada noche me acostaba pensando: “Esta noche seguro me muero”.
Al final me quebré y, gracias a la insistencia de una amiga, fui a un psiquiatra.
Me dieron un antidepresivo y me mandaron a casa.

No tenía ni idea de lo que venía.


Llega la manía

Las primeras semanas fueron geniales. Me sentía feliz, sociable, incluso empecé a salir a correr. No lloraba de noche. No entraba en pánico por mi corazón. Suena a milagro, ¿no?

Pero la euforia seguía subiendo. Empecé a gastar sin control, a arreglarme todo el tiempo, a dormir menos.
Y entonces, bum. Me desplomé.

No podía levantarme de la cama. Me sentía desconectada de la realidad. “Esta no soy yo”, pensaba una y otra vez.

Una amiga vio lo que estaba pasando y me llevó a un hospital.
El psiquiatra dijo que estaba teniendo un episodio maníaco. Yo estaba desconcertada.
Me preguntaron si había trastorno bipolar en mi familia. Sí lo había. Mi madre es bipolar.
Resultó que el antidepresivo había desencadenado mi trastorno bipolar no diagnosticado.


Lithium, estabilidad y la caída

Me empezaron a dar lithium. En unas pocas semanas me sentí estable. El pánico se calmó.

Así pasaron dos años. Tenía períodos depresivos de vez en cuando, pero en general lo manejaba.
Luego pasó algo terrible.
Un gran desamor. Rabia. Asco. Dolor.
Dejé de tomar mis medicamentos.

Empecé a beber: una botella de vino al día. Estaba furiosa, pero acelerada y productiva. Desatada, incluso.
Lo adivinaste: otra espiral maníaca. Duró tres meses.
Pensaba que estaba bien. Les decía a todos que estaba bien.

Después me desplomé otra vez. Con fuerza.
Fue como si hubiera cargado una montaña a la espalda y, por fin, me hubiera derrumbado bajo su peso.


De 2017 a 2023: sobrevivir, pero no vivir

Volví al psiquiatra. Me preguntaron por qué había dejado la medicación.
No tenía respuesta. Tuve que empezar de nuevo. Eso fue en 2017. Seguí con la medicación de forma constante hasta 2023.

¿Y cómo estuve durante esos seis años?

  • Deprimida
  • Enojada
  • Insensible
  • Obsesionada con el trabajo
  • Centrada en lo negativo
  • Resistente al cambio

Técnicamente estaba viva. Pero se sentía como estar en estado vegetativo.


Abril de 2023: cuando todo cambió

En abril de 2023 me enfermé (lee aquí), cuando ya me sentía emocionalmente destrozada. Tenía 40 °C de fiebre y me negaba a tomar cualquier medicamento. ¿Por qué? Me daban terror los efectos secundarios.

Porque siempre tenía miedo.
Miedo a la vida.
Este miedo, esta enfermedad, me había gobernado durante muchísimo tiempo.

Pero esta vez algo cambió.


Una nueva perspectiva: la paz antes que la perfección

Esa enfermedad dejó algo muy claro:
la salud mental es más importante que la salud física.

Sí, tengo esta condición por genética. Pero eso no significa que tenga que aceptar todo lo que intenta hacerme.

Cuando salí del hospital, me obsesioné con la salud física.
Ahora doy prioridad a la paz interior.

Antes me odiaba.
Ahora me quiero.
He aprendido a aceptar quién soy, por completo.
Cada noche le doy las gracias a mi cuerpo. Me doy las gracias a mí misma.

Y, sinceramente,
me siento mejor ahora que nunca antes del diagnóstico.
¿No es eso lo que de verdad importa?


Reflexión final: más que solo sobrevivir

Cuanto más en paz y más alegre está tu mente, más sana se vuelve tu cuerpo.

Esta enfermedad me quitó algunas de mis capacidades físicas.
Pero gané algo más profundo:
lo que significa vivir.
Lo que significa ser humana.

Les deseo a todos paz mental. Siempre.

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